Tecnolatría y exterioridad ambiental. Bases del aniquilamiento del yo

por Carlos Hugo Sierra |

En estos tiempos la humanidad yace sin vida junto a unas obras cuya invención le ha costado tanta inteligencia que ya no le queda resto de ella para manejarlas. Hemos sido lo suficientemente complejos como para construir máquinas y somos demasiado primitivos para ponerlas en funcionamiento. Estamos implantando un sistema de comunicación a escala mundial sustentado en raquíticas líneas de pensamiento. De la terrible devastación producida por la prensa impresa aún no podemos ni formarnos una idea. Hemos inventado el avión, pero nuestra imaginación avanza a la velocidad de una diligencia. Automóviles, teléfonos y propagación masiva de la estupidez; ¿quién puede adivinar cómo estarán conformados los cerebros de la generación venidera?

Karl Krauss (Contra los periodistas y otros contras )

 

(I)

Fritz Kahn. Der Mensch als Industriepalast (1926)

Cuando uno deambula absorto a través de las escenas cotidianas traídas al recuerdo por el “ambivalente” escritor austriaco Stefan Zweig en El Mundo de ayer. Memorias de un europeo (Die Welt von Gestern: Erinnerungen eines Europäers, 1942), no es posible sacudirse de encima una angustiosa sensación de vértigo. Algo que se repite también al hojear los textos de Hugo Ball, Karl Krauss o Robert Musil. Los inauditos cambios que se ciernen sobre aquel agonizante mundo de impostada “seguridad” preservado por la vieja Europa de finales del XIX y principios del XX, que terminó desmoronándose, como un frágil castillo de naipes, tras la primera guerra mundial, representan un singular y tal vez irrepetible punto de confluencia de universos paralelos que chocan violentamente entre sí y se van descabalgando sucesivamente, privando a varias generaciones de un ancla con el que apuntalar su existencia. Aquella experiencia traumática es a duras penas asumida por Zweig como un mal sueño, como una especie de etéreo e hipnótico delirio alienante: “Mi Hoy difiere tanto de cada uno de mis Ayer, mis ascensiones y mis caídas, que a veces me da la impresión de no haber vivido una sola sino varias existencias, y todas ellas, del todo diferentes”. Con todo, no deja de sorprender que, en la rememoranza de aquel escenario reducido hoy a escombros, el halo de optimismo asociado al desenfrenado avance tecnológico, en mezcolanza por aquel entonces con una suerte de idealismo que exaltaba de manera incondicional el estandarte del progreso (y de cuya expresión más  grotesca hoy podemos solazarnos con las punzantes parodias caricaturescas de William Heath o de Albert Robida), no sólo haya sobrevivido al abrasador derrumbe espiritual que desoló todo el continente tras dos guerras brutales, sino que se haya visto, por el contrario, robustecido bajo otras formas de sometimiento ciego e irreflexivo de alcance insospechado. Se trata, no nos engañemos, de un fenómeno extraño y hasta cierto punto enigmático, atravesado por múltiples e internas contradicciones. Es como aquel espeluznante huracán percibido por Walter Benjamin cuando contempla el Angelus Novus de Paul Klee y descrito en la tesis IX de su Filosofía de la Historia (Über den Begriff der Geschichte, 1940). Esa misma violencia que sopla desde el Paraíso y que ha causado la ruina de todo lo que ha dejado atrás, esto es, el “progreso”, es la que precisamente empuja al hombre “irreteniblemente hacia el futuro”. Jaspers, intercesor de Heidegger y encumbrado como astro filosófico durante las primeras décadas del siglo XX, ve las cosas sin tales aderezos mesiánicos en Origen y meta de la historia (Vom Ursprung und Ziel des Geschichte, 1949) y zanja el asunto con un diagnóstico de tal lucidez que bien se puede aplicar, salvando las distancias, a lo que se vive hoy en día. “Hoy parece característico ya el hecho de que en Europa el entusiasmo prometeico por la ciencia casi ha desaparecido sin que el espíritu de invención se haya paralizado. La peligrosa alegría infantil ante la técnica ha terminado o se ha transferido a hombres primitivos, que acaban de hacer conocimiento con la técnica en el momento de apropiársela”. Ahora bien, seamos realistas. A riesgo de incurrir en un grave error de apreciación, considero que no habría que abrigar excesivas esperanzas respecto a la supuesta progresión de un escepticismo razonado frente a los dogmas de fe asociados a la tecnología. El abismo trágico que ensombreció el destino colectivo de Occidente, no ha servido como un contundente revulsivo para inmunizarnos ni un ápice contra la euforia alucinada desatada por el fenómeno tecnológico. La realidad, por lo que parece, no ha sido suficientemente aleccionadora o tal vez se persevera en caer cíclicamente en un ciego ofuscamiento que no permite aprender lecciones pasadas. Con el añadido relevante de que, en la actualidad, el artefacto tecnológico se ha vuelto cada vez más inaccesible, su realidad se ha oscurecido, se ha recubierto discretamente con una envoltura de densa opacidad (obscurum per obscurius, ignotum per ignotius). El ciudadano de a pie prefiere mantenerse en un estado de cándida ignorancia respecto al “modo de existencia” del objeto técnico o de la tecnicidad que nos rodea, pese a que, como nos lo hace saber Gilbert Simondon, lo que está en juego es la predisposición esencial del hombre ante el mundo. Se contenta con amoldarse pasivamente a las zarandajas de la mercadotecnia, a las tentaciones auráticas de superficie, a los reclamos de uso que acompañan a cada innovación tecnológica, en una suerte de “sonambulismo tecnológico” tan férreo, tan embriagante que desafía las artes hipnóticas del mismísimo cavaliere Cipola.

 

(II)

Robert Seymour. March of Intellect (1828)

Al sobre-determinar la supeditación de la mediación tecnológica moderna, convertida ya en un gigantesco entorno-horizonte de ordenación cognoscitiva y pragmática del mundo, las bases de los viejos vínculos con el entorno natural se han trastocado radicalmente. Digámoslo con más claridad. Desde mi punto de vista, los lazos de dependencia que el hombre contemporáneo ha desplegado con el imperativo tecnológico, no sólo supone el intento, infructuoso a mi entender, de conjurar un estado esencial o condición primordial de extremo desamparo (Hilflosigkeit) ante lo que nos rodea (esto es, lo inabarcable, lo enigmático, la intemperie…), siguiendo una de las tesis más célebres desarrolladas por Freud. Nietzsche estaría removiéndose en su tumba al saber que, desaparecido Dios como estorbo metafísico de la potencialidad humana, la tecnología se ha convertido en un nuevo paliativo espiritual, una nueva encarnación, colmada de engranajes y dispositivos, del Deus ex machinaἀπὸ μηχανῆς θεóς– que vela y dirige los designios del fatum humano contemporáneo.

No cabe aquí sino rendirse a la evidencia. Hay un trasfondo escatológico, imposible de encubrir, en el despliegue masivo de la tecnología contemporánea. Ya lo advertía el mismísimo Friedrich Dessauer, cuando se atrevía a imaginar el avance instrumental, con una audacia rayana en lo herético, como la puesta en marcha de un mecanismo divino, descubierto finalmente por la razón humana en su intrepidez prometeica. En ese sentido, la conversión de la naturaleza, su maleabilidad ante la potencia irrefrenable de la artificialidad técnica, hasta el grado de presentarla en una suerte de disponibilidad ontológica total, responde a una inconformidad subterránea del hombre moderno ante el estado de cosas existente, al rechazo profundo e inconsciente a ser sugestionado por los influjos que provienen del ordo naturalis. Se podría ir más lejos que el propio Enrique Leff en el hecho de sostener que la problemática que aquí se presenta es simple y llanamente un pretérito dislate en el entendimiento de la vida. No es así del todo. Yo añadiría, además, que la matriz representacional del mundo bajo la razón tecnológica moderna se nutre de un insondable desprecio a la vida. De ahí el persistente afán por trascenderla, de reducirla a las condiciones ambientales controladas por la experiencia humana. Es cierto que con ello, tal vez no sea posible retornar, como así era el deseo de Francis Bacon, al estado pre-lapsario instaurado por Dios en el jardín del Edén. Pero si crear un nuevo horizonte de perfección, un Paraíso alternativo a medida del hombre.

Albert Robida. La Sortie de l’opéra en l’an 2000 (1902)

Las consecuencias precisas de dicha aspiración han provocado un impacto cuyo alcance todavía es sumamente engorroso de calibrar. Por ejemplo, bajo la apariencia superficial de cierto distanciamiento, la intervención operativa de la materialidad lo que ha traído es una realidad natural inédita, una nueva conciencia del mundo, mientras que otra, en plena agonía crepuscular, se halla en un tris de sumergirse definitivamente en el ocultamiento. Sobre ello habla con emotiva nostalgia Hölderlin en Der Archipelagus al descubrir que Dios guarda silencio en las profundidades del mar, a la espera de que los hombres vuelvan a comprender (…deja que al fin yo por siempre en tu fondo el silencio recuerde / Laß der Stille mich dann in deiner Tiefe gedenken). Hay que decir, sin atisbo de duda, que con este relevo, el ser humano no ha salido ganando, puesto que la complaciente re-composición de la existencia humana en torno al eje vertebrador de lo tecnológico sella la extirpación, con una precisión digna de cirujano, de las propiedades o rasgos no mensurables que atesora la vida (esto es, lo orgánico, lo vital, la sensación, la impresión emocional, la experiencia subjetiva…), acto “delictivo” que Lewis Mumford no titubea en achacar, aunque después se retracte y pase a conceder la absolución post morten por ausencia manifiesta de intencionalidad, a los protagonistas más descollantes de la revolución científica (en especial, Bacon, Galileo y Descartes).

Pero eso no es todo. Lo cierto es que el sometimiento tecnológico con que el hombre mortifica a la naturaleza posee una expresión prototípica en la esterilización necrótica de la misma. Y el problema estriba en que, llegados a este estado de cosas, casi nadie osa ya plantar cara al vasto imperio de abstracción universal y de uniformidad que se asoma por el horizonte de la rutilante utopía tecnológica, sin caer en cuenta del peligro que supone transformar la irrepetible particularidad del hecho vital en un modelo estándar alejado de su correlato. Dicho, por si no quedase del todo claro, con otras palabras, la racionalidad pragmática y la incontenible voluntad de dominación que quedan solapadas bajo la mundanidad tecnológica presente nos sitúa a las puertas de la homogeneización ontológica y cognitiva a escala planetaria, allí donde se pierden los matices y los puntos de referencia, donde se desvanece toda singularidad y diferencia. De este modo, como bien advierte Josep María Esquirol, comienza a extenderse una espesa niebla que lo invade todo y todo lo banaliza, quedando únicamente despojos empobrecidos y sin ningún espesor. Nos aguarda peligrosamente un nihilismo expansivo del que va a ser harto difícil recuperarse. Contemplado desde esta perspectiva concreta una cosa parece clara: la artificialización del mundo natural y su creciente incidencia en el desencadenamiento de desequilibrios ecológicos constituyen signos que, en última instancia, tienen que ver con cierta fatiga constitutiva y rechazo visceral a la vida, con una auto-afirmación fingida basada en el anestésico solipsismo gnoseocéntrico, en fin, con un sombría voluntad de escabullirse de este mundo.

 

(III)

Fritz Lang. Metropolis (1926)

Se podría creer que el hombre del siglo XX y del incipiente XXI está curado de espanto. Ha sido testigo mudo, y en otras ocasiones protagonista, de tal exceso de miseria y esplendor como para incurrir en la candidez de admitir sin más que el “espíritu de la tecnología” consiste meramente en un medio de transformación de la exterioridad. En este delicado asunto conviene advertir, sin embargo, que no hay mundo nuevo sin un prototipo individual que le es propio. Antiguamente, se ponía especial cuidado en no arrojarse temerariamente a los brazos de la hybris (ὕβρις), ya que tal imprudencia suponía encadenarse al rastro de caos e infortunio que expelía la diosa Ate en la tierra. Se trataba de forjar la mente y el carácter mediante el cultivo de un controlado equilibrio interno frente a la desmesura o el desenfreno, cuyo furioso ímpetu amenazaba en todo momento con inundar y traspasar los diques que contornean al sujeto. De ahí la evocación insistente al ideal encarnado por Sophrosyne (σωφροσύνη), hija de Erebo y de Nyx, para acoger todo acto en un centro de gravedad que templase cualquier tipo de enajenación.

Este adiestramiento para el espíritu, para ser francos, se ha disipado en la noche de los tiempos y, ahora, tenemos que vérnoslas con un nuevo orden civilizatorio en el que la racionalidad que subyace al devenir técnológico somete al individuo a una sujeción sin parangón en la historia. No digo nada nuevo. M. Heidegger, J. Ellul, G. Anders o H. Jonas y tantos otros ya advirtieron décadas atrás (otra cosa muy distinta es que se les preste la debida atención) sobre los peligros asociados a los procesos de transmutación radical de la técnica, en la medida en que, en la actualidad, asistimos a un acelerado crecimiento de su nivel de autonomía a la hora de alterar las relaciones sociales y los nexos tradicionales con la naturaleza. De ser un instrumento ha pasado a convertirse en un poder decisivo en la interpretación y conversión material de la realidad al establecer su propio imperativo sobre el sujeto, que es incluido de paso en las lógicas de instrumentación y objetivación globales. Como consecuencia de ello, una flamante tipología caracterológica de individuo, desenmascarada por los observadores más afilados de nuestra época pasada, transita orgulloso por todos los rincones, ya sean físicos y virtuales, de nuestras delicuescentes sociedades postmodernas: el “hombre burocrático” de Weber, el “hombre neurótico” de Freud, el “hombre sin atributos” de Musil, el “hombre masa” de Gasset, el “hombre del subsuelo” de Dostoievski, el “hombre unidimensional” de Marcuse, el “hombre-engranaje” de Sábato, el “hombre de la multitud” de Poe, el “funcionario de la técnica” de Heidegger o, en fin, el “hombre posthumano” de Boström…

El depositar ciegamente la confianza en la tesis de que los problemas medioambientales que sacuden hoy en día de modo virulento a nuestro planeta poseen un encauzamiento básicamente tecnológico constituye uno de los rasgos originales de este hombre modélico de nuestra contemporaneidad. No sólo se recurre a uno de los factores causales que han incidido en la coyuntura ecológica presente, sino que además, y sobre ello me gustaría hacer especial hincapié, se busca con desespero mirar a otro lado. Dicho de otra manera, desprenderse, bajo un barniz de optimismo pragmático, de las riendas del destino propio y de la responsabilidad que le acompaña.

Expongámoslo sin medias tintas. Debemos constatar que el cautivador imaginario sobre el futuro de posibilidades ilimitadas atribuidas a la técnica, una vez más, ha desempeñado un cometido verdaderamente eficaz en su condición de señuelo para encandilar a las masas dóciles y satisfechas con cualquier sofisticada invención para el consumo, por muy efímera o absurda que ésta sea, mientras que se relega obstinada e intencionalmente la cuestión, tan trascendental para re-significar la vivencia respetuosa de la naturaleza, que tiene que ver con el desarrollo reflexivo, civilizatorio y espiritual de la humanitas (justo cuando, como sostiene Hans Jonas, la responsabilidad humana ha alcanzado una escala “cósmica”). Aquí el problema de fondo, en definitiva, consiste en quién asume el titánico cometido de cargar sobre sus hombros a la Tierra misma. O el hombre se impone como tarea ineludible la construcción de una cosmovisión previa que guie las sendas a recorrer por parte del sistema tecnológico hegemónico o, ante la indigencia espiritual y la orfandad de mundo, consiente en que la tecnología erija uno característico, en el que, por cierto, no está ni mucho menos garantizado el cobijo hospitalario para la existencia humana en su turbada condición actual.

Types of steam-driven vehicles and flying machines. Colour process print after Robert Seymour, ca. 1830. Wellcome Collection